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3.12.23

PROFESIONES DE LOS VECINOS DE LA VILLA DE

 LAGUNA DE CAMEROS EN EL SIGLO XVIII.



    Vamos en este post a tratar de conocer, siquiera someramente, en que se empleaban los habitantes de la villa de Laguna de Cameros a mediados del siglo XVIII. Y para ello, nada mejor que hacerlo de la mano de un documento singular y extraordinario, el Catastro de Ensenada.

    El Catastro de Ensenada, fue el primer intento de la Monarquía Hispánica de racionalización del complejo e injusto sistema tributario castellano para adaptarlo a la nuevas corrientes ilustradas. Y digo intento, porque a pesar de que el Catastro se realizó entre 1749 y 1756, la implantación de la Única Contribución, efecto último deseado, no se llevó a cabo, debido fundamentalmente a las limitaciones técnicas de la época, a la complejidad administrativa necesaria para ponerla en marcha y a las luchas políticas internas, además de a las presiones realizadas en contra por los dos estamentos privilegiados de la sociedad del Antiguo Régimen, la Nobleza y la Iglesia.

    Aunque el proyecto de sustitución de las complejas Rentas Provinciales por una Única Contribución, para que todos los ciudadanos independientemente de su clase social contribuyeran a proporción de lo que cada uno tiene, con equidad y justicia", no se pudiera llevar a efecto, ha quedado un volumen ingente de documentación que podemos consultar on-line en la web del Archivo Histórico Provincial de La Rioja, y que puede servirnos para conocer diversos aspectos de la realidad social, tributaria, política, económica, etnográfica, sociológica, demográfica, etc. de cualquiera de las localidades que se catastraron en lo que hoy conocemos como Comunidad Autónoma de La Rioja, entonces dentro de las provincias de Burgos y Soria.

    Entre toda esa documentación que nos ha legado el tiempo, están lo que entonces se denominaron Respuestas Generales y que no fueron sino las contestaciones a un Interrogatorio de cuarenta y una preguntas, a las que debían responder encargados municipales reunidos en ayuntamiento, bajo juramento.

    Pues bien, en este texto, vamos a abordar las respuestas a las preguntas treinta y una, treinta y dos, treinta y tres y treinta y cuatro del Interrogatorio, las cuales nos darán las claves para conocer una parte, siquiera mínima, de esa realidad de la que hablábamos más arriba. Pregunta treinta y uno: “Si hay algún cambista, mercader de por mayor o quien beneficie su caudal por mano de corredor, u otra persona, con lucro, e interés…”. Pregunta treinta y dos: “Si en el pueblo hay algún tendero de paños, ropas de oro, plata y seda, lienzos, especería u otras mercadurías, médicos, cirujanos, boticarios, escrivanos, arrieros, etc.”. Pregunta treinta y tres: “Qué ocupaciones de artes mecánicos hay en el pueblo, con distinción, como albañiles, canteros, albeytares, herreros, sogueros, zapateros, sastres, perayres, texedores, sombrereros, manguiteros y uanteros, etc. explicando en cada oficio de los que huviere el número que haya de maestros, oficiales y aprendices…”. Y pregunta treinta y cuatro: “Si hay entre los artistas alguno, que teniendo caudal, haga prevención de materiales correspondientes a su propio oficio o a otros, para vender a los demás o hiciere algún otro comercio o entrasse en arrendamientos…”.

    Según nos cuenta el escribano, el concejo respondió: “que an reconocido con exactitud y puntualidad quantos yndividuos contiene esta población, el oficio, comercio, yndustria y negociación de cada uno y considerando por ynteligencia práctica e ynformes verídicos que sobre ello an adquirido de personas de conciencia e ynteligencia respecto de tener ya declarado la taverna, mesón, tienda, panaderia y carnizeria, considerando lo podrán ejecutar con más conocimiento con cada yndibiduo y separación de clases y oficios pasan a hazerlo…”.

    Nosotros vamos a resumir en la siguiente lista, las diferentes profesiones y el número de individuos que las llevaban a cabo:

    Un médico conducido por la villa, esto es, un médico que también acudía a los pueblos circunvecinos en el ejercicio de su profesión. Este artista “ejercía el arte o ciencia que se empleaba en excogitar y aplicar remedios para conservar la salud en el cuerpo humano”.

    Un cirujano, que también ejercía en los pueblos próximos. La cirugía era ayer como hoy “la ciencia de curar heridas y llagas, abrir tumores, cauterizar y cortar las partes del cuerpo que necesitaban de esta curación”, eso sí, entonces con algo menos de glamour.

    Un boticario, que lo mismo que los dos profesionales anteriores, era conducido por la villa a los lugares contiguos. Se encargaba de la preparación y venta de los “remedios y ungüentos utilizados para sanar los males”.

    Un escribano de ayuntamiento, es decir, el oficial municipal que tenía por oficio público y autoridad real “el ejercicio de la pluma y la fabricación de escrituras”.

    Un maestro de escuela, que a la vez ejercía de notario apostólico y organista. La actividad escolar en el medio rural durante el Antiguo Régimen y hasta bien entrado el siglo XIX se concretaba fundamentalmente en la existencia de escuelas de Primeras Letras, instituciones muy ligadas a la comunidad de vecinos, sostenidas las más de las veces con dineros municipales y particulares (padres de los alumnos), de funcionamiento esporádico en función de los recursos y de la cantidad de labores agrarias, y con una gran disparidad de criterios en cuanto a su funcionamiento, regulación y formación del profesorado, y sin arreglo a normas estatales. El notario apostólico actuaba en causas eclesiásticas y ámbitos religiosos. En cuanto a la profesión de organista hay que recordar que ésta se ha mantenido en la villa hasta mediados del siglo XX, siendo los dos últimos Hilario Rodríguez y Pablo Antonio Rodríguez, “El Chiflao”, padre e hijo respectivamente, naturales de Villoslada y avecindados en Laguna.

    Un sacristán a tiempo parcial, porque era “mixto labrador”, dado que también trabajaba la tierra.

    Un campanero, que además de ejercitar el toque de campanas se ocupaba en la carpintería y labores de campo.

    Un mesonero, el cual se ocupaba además del mantenimiento del “peso y medida de la villa”, actuando como “fiel medidor”, esto es, como garante en las compras al por menor que se verificaban en la población. También se ocupaba a tiempo parcial de su labranza.

    Dos herreros, padre e hijo, que “labraban y pulían el hierro”, empleados en hacer herraduras para caballos y mulas, así como los aperos necesarios para las labores de campo. Así mismo eran también conducidos por la villa.

    Un tendero, que vendía mercaderías y otras especies por menor. Ejercía así mismo de aguardentero, tabernero y estanquero. En cuanto a las tres primeras profesiones no vamos a comentar nada por quedar autodefinidas, pero veamos que era el estanco. Se llamaba así al “asiento que se hace para acotar la venta de las mercancías y otros géneros vendibles, poniendo tasa y precio a que fixamente se hayan de vender, y embarazando que otros puedan tratar y contratar en los géneros que uno toma por su cuenta, y por cuyos derechos y rentas hace escritura y obligación: como sucede en el tabaco, naipes, nieve y otras especies y géneros: y así se dice del que hace semejante postura y asiento, que estanca, o hace estanco de tal o tal cosa...”. Y por extensión también “se llama vulgarmente el sitio, parage o casa donde se venden los géneros y mercadurías que están estancadas: como estanco del tabaco, estanco de los naipes, etc”.

    Un nevero. Tenía a su cargo el “avasto” de la nieve desde el “pozo de nieve” de Altázarre hasta la villa. El hielo obtenido de estas “neveras” se utilizaba para enfriar alimentos, preservar productos perecederos, así como para preparar bebidas frías y helados. Era utilizado también por los galenos para el tratamiento de algunas dolencias.

    Cuatro sastres. Dos de trabajo a tiempo parcial, que compaginaban la sastrería con su labranza y los otros dos con dedicación plena a la confección de prendas.

    Dos zapateros de viejo, que sólo “se encargaban del remiendo de los zapatos viejos o gastados” y no de la “obra nueva”.

    Dos albéitares que curaban las enfermedades de las bestias conforme a arte”, esto es el veterinario de hoy. Uno era el maestro y el otro el oficial. Eran conducidos también por la villa y compatibilizaban ese trabajo con el de herrador.

    Diez vecinos entre maestros, oficiales y aprendices que trabajaban como carpinteros, canteros y albañiles.

    Un alfarero trabajando en su alfar. Hoy, aún quedan algunos restos en el barrio Fuentecampos, de un horno de cocción de piezas de barro que fue utilizado en la primera mitad del siglo pasado. En Laguna estos fabricantes eran conocidos también como “puchereros”.

    Un cortador, oficial de la carnicería, y dos obligados, que eran los encargados del abasto de las carnes para ella.

    Un panadero. Aunque no lo dice explícitamente el Catastro, debemos pensar que además de la tahona pública, en muchas casas habría un horno de pan familiar, como los que aún quedan en el pueblo.

    Un ventero en la venta de Codes. Aquella que pudo quemarse junto con la ermita aneja en 1601, y en la que la tradición oral dice que el matrimonio de venteros cometieron un filicidio por codicia.

    Dos guardas de cabras. Tres guardas de cerdos. Hoy quedan restos de unas paredes de piedra en un barranco del hayedo de Montemayor, lugar que llaman “el zaburdón”, probablemente porque a la pocilga en que se encierran los puercos, se le llama zahurda. Dos guardas de vacuno, uno para el ganado boyal utilizado para la labranza y el otro para la guarda de las vacas de los vecinos del pueblo.

    Cinco molineros, que se repartían entre los dos molinos harineros de una piedra cada uno que había en el término, “… los que muelen del arroio que vaja de las sierras ymediatas a unirse con el rio de Leza, cuio nazimiento lo tiene dentro de la jurisdizión...”. Y por lo que nos cuenta la comisión en sus repuestas, ya entonces escaseaba el agua porque dice que el molino“… sólo muele quatro meses, en el discurso de él, por falta de agua…”.

    Catorce pastores mayorales. El pastor mayoral era el jefe principal de los pastores, y se encargaba del gobierno de una cabaña de ganado. Ochenta y cinco pastores de por año y temporeros. Ocurría que muchos labradores, fabricantes de paños, mayorales y ganaderos trashumantes, compatibilizaban sus trabajos con el de trajinante, dedicándose al comercio. Pluriempleados de antaño, vamos. Así lo cuenta el escribano de la comisión que responde al Interrogatorio: “Que ai vecinos en este pueblo, labradores mixtos, fabricantes, maiorales y ganaderos trasumantes, que se ocupan asimismo en el trajino y comercio de paños que sacan de la fábrica de esta villa y compran de otras para llevar a vender y comerziar en el Andaluzía y otras Provincias y Reynos en que se mantienen yndistintamente algunos meses. Que allí tratan y comercian con otros jeneros llevando sus cavallerias propias que tienen para sus labranzas y alquilando otras dando algunos jeneros al fiado, teniendo que volver a sus cobranzas…”.

    Nueve bataneros y percheros. El batán era una “machina que consta de unos mazos de madera mui gruesos, que mueve una rueda con la violencia y corriente del agua, los quales suben y baxan alternadamente, y con los golpes que dan al tiempo de caer aprietan los paños, ablandan las pieles, y hacen el efecto que se necesita para semejantes obrages”. Había tres batanes de una rueda cada uno sobre el río y el arroyo. Uno que “… está sin uso por no aver quien lo tome en renta…”, y los otros dos “que sólo están corrientes y se travaja en ellos como quatro meses al año por falta de agua”. Los percheros se encargaban de poner a secar las lanas colgándolas en perchas.

    Nueve tundidores, que se dedicaban a cortar el pelo de los paños e igualarlos con la tijera. Once tejedores. Ciento doce fabricantes de paños. Sesenta y tres trajinantes. Tres mercaderes, que compran lanas para procesar y venden lanas y paños con los que traficar, no sólo en el pueblo sino también en “el Andalucía y otras provincias”. Treinta y un pelaires, cardadores que limpian y suavizan la lana con una tabla de una cuarta de ancha y media vara de larga, con unas púas de hierro largas y derechas, clavadas en ella, que se llama carda. También el escribano nos dice: “Que ai vecinos y havitantes en este pueblo que se exerzitan en la labranza de las tierras y en rozar otras por su mucha aspereza, como el tiempo restante en cardar en los obradores de los fabricantes de paños a que asisten las oras y dias desocupados... Que se emplean en esto, como cinco meses al año, deducidas las fiestas y demás estorvos. Que también assisten algunos de sus hijos y mugeres yndistintamente y muchas de corta hedad para escarmenar lana, ylar y devanar en los obradores para dichos fabricantes, consideran que ai como sesenta de estos últimos y ciento y cinquenta ylanderas, escarmenadoras setenta, y otros tantos devanadores... cada uno de los cardadores, entendiendose ocupados en esta lavor a que asisten, se regula ganan al día de los cinco meses que se ocupan... Y a los que se ocupan en el campo quando tienen que acer compensado el util y el jornal que gozan... Que esto dura como dos meses y no azen regulación de utilidad en las mugeres, muchachas y muchachos pequeños que de continuo se ocupan en las lavores menores de la fábrica, así por que no lo contiene la pregunta (sin duda por que su utilidad es despreciable) como por que tampoco abla de las mugeres que se mantienen de la lavor de sus manos…”.

    Había también en la villa tres tintoreros y un sólo tinte donde se teñían los paños de lana en los “tinacos”. Todavía a mediados del siglo XIX perduraba el topónimo “El Tinte” en Laguna. Llegados a este punto, no puedo por menos que recordar lo que decía el “cura erudito de Cañas” en su ensayo sobre Laguna respecto a la riqueza industrial del pueblo, en un apunte que dice haber sacado del Archivo Municipal: “en 1733 hay en Laguna, 20 telares, 3 tintes, 3 batanes, 6 tableros de tundir y otras prensas”, y que concuerda bastante bien con los datos que estamos presentando, es decir, con el apogeo de la ganadería trashumante de merinas y el consiguiente esplendor económico de la villa como consecuencia de la fabricación de paños finos de lana.

    Cinco prensadores, que trabajaban en las “tres prensas de fábricas de paños al fuego” que había en la villa. Estas prensas cobraban un papel importante en la producción textil de las fábricas de paños, contribuyendo significativamente a la calidad y acabado final de los tejidos fabricados en aquel entonces. El término "al fuego" se refería a que algunas de estas prensas podían estar ubicadas cerca de hornos o fogones para aplicar calor adicional al proceso de prensado, lo que ayudaba a fijar ciertos tintes o tratamientos químicos en los paños.

    Dos alcabaleros. La alcabala era un impuesto del Antiguo Régimen que se cobraba por todo lo que se vendía, pagando el vendedor un tanto por ciento de toda la cantidad que importó la cosa vendida y que ingresaba en las arcas reales. En algunas provincias, ciudades y pueblos estaban arrendadas para su cobro por los alcabaleros.

    Y con esto, vamos llegando al final. Hemos utilizado para las explicaciones de los diferentes empleos, las acepciones que aparecen en el “Diccionario de la Lengua Castellana, en que se explica el verdadero sentido de las voces, su naturaleza y calidad, con las frases o modos de hablar, los proverbios o refranes, y otras cosas convenientes al uso de la lengua”, publicado entre 1726 y 1739. Fue el primer diccionario de la lengua castellana editado por la Real Academia Española y es conocido popularmente como Diccionario de Autoridades. Con todo ello hemos dado unas pequeñas pinceladas con las que obtener una visión cuando menos curiosa, si bien parcial, del entramado social de los “... docientos y seis y medio vezinos y avitantes ynclusas las viudas, dos por uno, que havitan en sus casas propias y de renta de la población y otro que reside en la casa y bentta llamada de Codes dentro del término propio de esta villa…”. En total, algo menos de mil laguchin@s que moraban en las “...doscientas y ocho casas, las diez ynavitables y otras diez arruinadas según el juicio prudente y numeración que azen…” en la villa de Laguna, en el año 1751. El Catastro de Ensenada, sin duda, da para más, para mucho más, y por ello seguiremos escudriñando en él. De momento, hagamos un punto y aparte.

25.7.21

EL MAGISTERIO DE PRIMERAS LETRAS EN LAGUNA DE CAMEROS DURANTE LA PRIMERA MITAD DEL SIGLO XVIII

Si bien es cierto que durante el comienzo del reinado de los “austrias” ya se tienen noticias de las primeras escuelas infantiles, es durante el siglo XVII, cuando éstas se van a ir extendiendo muy poco a poco por toda la península ibérica. Así podemos comprobarlo en un documento de 1622 donde se habla de la necesidad de crear una escuela de niños en Laguna. Se trata de un asiento en el Libro Iº de Fábrica de la Iglesia Parroquial, realizado con motivo de la visita pastoral diocesana girada por Don Joseph Bendigar y Arellano en representación del obispo de la diócesis calahorrana D. Pedro González del Castillo. El asiento del libro dice así: Ottrossi Porqto sumd ab isto El gran daño quesesigue no aya Maestro de niños enesta Villa y q los mochachos Andanperdidos manda sumd sebusque Maestro y selede Lasacristia paquecon ella y lo que Leda la Villa Enseñe a los niños” (Otro sí, porque su merced ha visto el gran daño que se sigue no haya maestro de niños en esta villa y que los muchachos andan perdidos, manda su merced se busque maestro y se le de la sacristía para que con ella y lo que le da la villa enseñe a los niños) (1).

Partiendo de lo que se podría considerar como "educación difusa, aquella que presta la familia, la iglesia y la comunidad donde se habita, y que se produce de un modo natural y espontáneo por el mero hecho de vivir en sociedad" (2), la enseñanza escolar ha ido paulatinamente institucionalizándose y haciéndose cada vez más presente en las sociedades a lo largo de toda la Edad Moderna, primero con el humanismo renacentista del XV-XVI y posterior y fundamentalmente debido al impulso modernizador de La Ilustración, en la segunda mitad del XVIII. Las primeras escuelas públicas infantiles solían nacer bajo el amparo de la Iglesia, que las utilizaba como medio de adoctrinamiento, pero poco a poco fueron formando parte del patrimonio colectivo de los municipios y el salario de los maestros empezó a ser costeado por ayuntamientos, en muchos casos acompañados por aportaciones de los padres de los escolares cuando las economías familiares lo permitían.

Es en el siglo XVIII, con la nueva monarquía borbónica, cuando ya podemos encontrar escuelas de primeras letras en todas las ciudades y en gran parte de los pueblos de Castilla, incluidos los muy pequeños. La recuperación demográfica de este siglo, que contrasta con el acelerado crecimiento del XVI y el posterior estancamiento y decadencia del XVII (3), junto con la prosperidad burguesa, el aumento de las rentas en el medio rural y la subida del comercio artesanal propiciaron un crecimiento económico que se tradujo entre otros muchos aspectos en la generalización de las escuelas por todo el medio rural peninsular. Para comprobarlo, vamos a echar mano de un documento sin par que nos dará una radiografía de la situación escolar en el Reino de Castilla a mediados de este siglo, el Catastro de Ensenada. Puesto en marcha durante el reinado de Fernando VI por el Secretario de Hacienda y riojano Zenón de Somodevilla y Bengoechea, Marqués de la Ensenada, con una finalidad eminentemente fiscal, no cumplió las expectativas iniciales de servir para formalizar una recaudación tributaria mas igualitaria, en palabras de la época “para alivio de los vasallos”, pero la ingente cantidad de datos proporcionados en él han servido para dar a conocer infinidad de aspectos de la sociedad dieciochesca, desde padrones de habitantes hasta apeos de la riqueza, pasando por ser una fuente de información geográfica, catastral, estadística, jurídica, económica e incluso histórica de primera magnitud. En fin, magna obra de obligada consulta para conocer la realidad de la sociedad del final del Antiguo Régimen (4). 

Vamos a seguir en este post las notas del trabajo “Los maestros de primeras letras en La Rioja a mediados del siglo XVIII” (5) cotejándolos con los del  Catastro de Ensenada referidos a Laguna.

En la respuesta conjunta a las preguntas nº 30, 31, 32 y 33 del Interrogatorio de la Villa de Laguna que los responsables locales del Catastro dieron en el año 1751, haciendo una relación pormenorizada de los trabajadores y ocupaciones en el pueblo, se puede leer lo siguiente: “Juan de Ataure por lo que gana por Maestro de esquela organista y Notario Apostolico y salario que le da la Yglesia 1400 r.” (4). La media de ingresos totales del maestro se sitúa alrededor de 950 r. en los 207 núcleos de población de entonces, en la que hoy es Comunidad Autónoma de la Rioja y que en esa fecha pertenecían a las provincias de Burgos y Soria (Laguna concretamente a la de Burgos). Y en el libro Mayor de lo Raíz de legos, donde se verifican, comprueban y en su caso son rectificados por los responsables locales del catastro los datos declarados por cada vecino en su declaración jurada, se dice que Juan Joseph de Atauri gana por maestro escuela, 540 r., por notario apostólico de 100 a 110 r.,“conforme las dispensas de casados ayaque si fallan estas no llega a esto” y por organista, “por el cavildo”, 100 r., “por la yglesia”, 300 r. y “por la villa”, 350 r. En total esos 1400 r. /año que veíamos más arriba. En conjunto, si consideramos todas la profesiones que ejerce, un salario mayor que el de la mayoría de los vecinos que se dedicaban a la labranza, a otros oficios e incluso a la fabricación de paños de lana, aunque significativamente menor que el del médico y el del boticario (que pasaba de los 4.000 reales). 




Fig. “Catastro de Ensenada. Autos y Respuestas Generales del Interrogatorio de Laguna de Cameros”. Respuesta a las preguntas nº 30, 31, 32 y 33.

No estaba por tanto demasiado mal pagado el maestro, a pesar del dicho clásico “pasar más hambre que un maestro de escuela”, si lo comparamos con el resto de salarios del medio donde vive, pues a menudo, como hemos visto, ejerce otra u otras profesiones (sacristán, fiel de fechos, campanero u organista y notario apostólico, como en este caso) con las que complementar sus ingresos. Es decir, que en general, estrecheces sí podrían pasar como tantos otros vecinos, pero hambre, no. También podemos observar, como muchas de estas segundas profesiones estaban ligadas a la iglesia, lo que aumentaba en cierta medida su estimación social. La mayoría de ellos no poseía titulación de ningún tipo, aunque unos pocos habían sido examinados en algún centro de reconocido prestigio, título que exhibían al formalizar las escrituras de contrato con los ayuntamientos.

Las fuentes de financiación para el pago del salario del maestro eran fundamentalmente tres, municipal (el concejo asumía el pago tanto de maestro como el de otros empleos “conducidos” como boticario, albéitar, médico, cirujano, barbero y sangrador, etc), particular (las familias de los escolares) y la caridad (obra pía o fundación). Las dos primeras a veces se complementaban. En una sociedad rural tan dependiente del medio, cuando las cosechas escaseaban por las circunstancias climatológicas, también el salario del maestro se resentía al mermarse las arcas municipales y los ingresos familiares. En cuanto a los pagos podían ser numerarios o en especie (fanegas de trigo o cebada). Veamos lo que ocurría en Laguna. En la declaración jurada que Juan Joseph de Atauri presenta a los encargados del catastro dice lo que gana por el salario de maestro de primeras letras: “Tendre regularmente por maestro de primeras letras; un año con otro de quarenta y seis a cinquenta y quatro muchachos en la escuela; de treinta a treinta y seis de leer, y paga cada uno por todo el año seis reales, los restantes diez y ocho o veinte poco mas o menos de escribir y estos pagan por año doze reales y entre estos vecinos habra de cuatro a seis contadores que pagan por año diez y ocho reales vellon” (4). Es decir, alrededor de esos 540 r. que le calcula el Libro Raíz citado arriba, pagado por los padres de los escolares que aprendían a leer, a escribir e incluso a contar.

La importancia social del maestro en el siglo de Las Luces era incuestionable en una sociedad rural como la castellana, donde el maestro no se dedicaba a las labores agrícolas, ni al “vil” comercio (considerado entonces como deshonroso). Su condición de servicio público era aceptada en todos los pueblos. Es decir, eran personas respetables y tratadas de don, que tenían un empleo distinguido y una alta estimación social. Muchos eran o se consideraban hidalgos y para el desempeño de su cargo se les exigía limpieza de sangre y esmero en su conducta con arreglo a los preceptos morales de la Religión Católica imperante. En el citado memorial, Juan Joseph de Atauri, el maestro de Laguna dice, que “no tengo estado conocido en esta villa, aunque todos mis ascendientes han sido de su origen vizcaynos y algunos donde viben estan reconocidos por hijos dalgo” (4).

A pesar de otro dicho clásico, “la letra con sangre entra”, no parece del todo cierto que el maltrato escolar por parte de los maestros fuera generalizado y que fueran siempre bien toleradas por toda la sociedad de entonces ciertas prácticas de maltrato infantil. Si bien es cierto que la percepción social del maltrato y la tolerancia hacia éste ha ido cambiando significativamente desde épocas pretéritas hasta hoy, no lo es menos, que algunas situaciones extremas por parte de algunos maestros tampoco eran bien vistas. Y para comprobarlo se puede recurrir a la documentación judicial del AHPLR donde aparecen un buen número de pleitos por parte de los padres contra los maestros por crueldad con sus hijos escolares. 

La situación de las escuelas y los maestros durante este siglo XVIII en los países de nuestro entorno europeo, como Francia, Inglaterra, Portugal, Bélgica o Italia, a pesar de lo que a veces pudieran pensar los que sistemáticamente ven nuestra historia de forma muy pesimista, no era muy diferente a la doméstica. Los métodos de enseñanza y la disciplina eran muy similares. En la práctica totalidad de escuelas de primeras letras de toda España, los maestros centraban sus esfuerzos en enseñar de forma empírica a los niños, solamente a los niños, a leer, escribir y contar (6), y como no a memorizar el sempiterno catecismo de la Religión Católica, como no podía ser de otra manera en un país como el nuestro, donde este credo era único y obligatorio. Recordemos que la escolarización se producía entre los cinco o seis y los doce o trece años aproximadamente, sólo para niños, y que el calendario escolar estaba fuertemente influenciado por el ciclo anual de las labores agrarias.

Los pueblos de la hoy Comunidad Autónoma de La Rioja vivían una situación un tanto privilegiada con respecto a otros territorios de la Corona, debido fundamentalmente a la actividad económica relacionada con “la viña” en el valle y con “la lana” en las serranías. Había maestros en más de la mitad de ellos, una proporción más elevada que en otras provincias limítrofes, como Cantabria, Guadalajara y Palencia y semejante o incluso un poco superior a la de Madrid. Había maestro en pueblos con apenas unas decenas de vecinos e incluso en algunos casos, cuando el pueblo era muy pequeño, los escolares acudían al pueblo más próximo con escuela estable. También en los pueblos riojanos había altas tasas de alfabetización y salarios de maestros más elevados que en otras provincias, lo que viene a demostrar la alta estima social de esta profesión en nuestra tierra. El total de habitantes que da el Catastro para el territorio de la actual provincia de La Rioja, según cálculos de Santiago Ibáñez (aplicando un coeficiente de 4,21 para la conversión de vecinos en habitantes) es de 117.892, agrupados en 207 núcleos de población. El número total de maestros de primeras letras es de 123, lo que nos da un ratio de un maestro por cada 958 habitantes (7). En fin, la situación en este siglo, sobre todo después de su segunda mitad cuando se da un verdadero impulso a esta educación motivado por las ideas modernizadoras de La Ilustración (6), contrasta bruscamente con la posterior a la Guerra de la Independencia, en la que se produce un retroceso importante en todos los parámetros relacionados con la educación escolar infantil. Pero esta realidad del siglo XIX la veremos en otro post.

No podemos dejar de comentar, siquiera sucintamente, la situación de las maestras en un contexto fundamentalmente masculino como el que comentamos. Teniendo en cuenta que no hay apenas escuelas de niñas en las que se pague del común a las maestras, la presencia de alguna es excepcional. Se consideraba que para la mujer lo importante no era que aprendiera a leer y escribir, sino que fuera una “buena ama de casa” y “cuidara a su marido e hijos”. El Catastro identifica al sujeto fiscal con el cabeza de familia que normalmente era el “hombre de la casa”. Apenas sabían leer y escribir y básicamente enseñaban la doctrina cristiana.

  1. AHDL. Libro Iº de Fábrica de la Iglesia Parroquial de Laguna de Cameros. Año 1622. Auto de visita del Benemérito Don Joseph Bendigar y Arellano. También, ALLONA Y CAÑAS, B. Ensayo de Monografía Histórica de Laguna de Cameros. Imprenta y Librería Moderna. Logroño. 1925, p. 41.

  2. Zapater Cornejo, M. Escuelas de indianos en La Rioja. IER. Logroño. 2007, p.54.

  3. Para La Rioja, véase, Gurría García, P.A. La población de La Rioja durante el Antiguo Régimen demográfico, 1600-1900. IER. Logroño. 2004. Y para el conjunto de España, véase, Nadal, J. La población española (Siglos XVI a XX). Editorial Ariel. Barcelona. 1986.

  4. WEB del AHPLR. Catastro de Ensenada. Laguna de Cameros. Año 1751.

  5. Gómez Urdáñez, J.L., Pascual Bellido, N. y alii. Los maestros de primeras letras en La Rioja a mediados del siglo XVIII. Brocar, nº 43. 2019. pp. 127-161. 

  6. Escolano Benito, A et alii. Historia ilustrada de la escuela en España. Dos siglos de perspectiva histórica. Fundación Germán Sánchez Ruipérez. Madrid. 2006.

  7. Ibáñez Rodríguez, S., Armas Lerena, N. y Gómez Urdáñez, J.L. Los señoríos en La Rioja en el siglo XVIII. UR. Logroño. 1996. pp. 27 y 28.